La fábrica nacional de divisas - TEMAS DE DEBATE: EL MODELO AGROPECUARIO ARGENTINO

¿Cuánto se exporta a China?
Las noticias de evasión fiscal de las multinacionales comercializadoras de cereales son relevantes por varios motivos. Están los fiscales, los judiciales, los contables, los políticos, pero también los económicos. Sabemos que nuestro principal comprador de cereales y derivados es China. Ese país compra la mitad de los productos de la soja que exportamos. Las exportaciones totales a China fueron de 5,1 mil millones de dólares en 2007, 6,3 en 2008 y 3,6 en 2009. En contraparte, importamos bienes industriales por un valor creciente, por lo cual a partir de 2007 Argentina empezó a tener un déficit comercial con China. Esos son los datos que tenemos, mirando las estadísticas argentinas. Pero, ¿qué tal si miramos los datos chinos? Deberían darnos igual, ¿no?
Si nos referimos a los datos de China proporcionados por las Naciones Unidas, las exportaciones e importaciones entre Argentina y China son muy distintas: las importaciones desde Argentina son de 6,3 mil millones de dólares en 2007, 9,3 en 2008 y 4,3 en 2009. O sea entre 20 y 45 por ciento superior a los datos de exportación argentinos. Si nos fijamos en la balanza comercial bilateral, según esos datos, Argentina tendría superávit comercial en todos los años.
Para entender ese fenómeno es necesario volver sobre algunos factores explicativos: en primer lugar, mientras las exportaciones se calculan contabilizando el valor de la mercadería (FOB), las importaciones toman en cuenta ese valor, y también los costos de transporte y seguro internacional (CIF). Bueno, con eso explicamos una diferencia de 10 por ciento. Pero, ¿y el resto?
El resto es fruto de la práctica del comercio internacional, en el cual pueden ocurrir reexportaciones o reimportaciones, mercadería en tránsito, precios de transferencia y distinto tipo de triangulaciones realizadas por algún motivo económico o fiscal, en todo caso para mejorar las ganancias empresarias. Un ejemplo común es la triangulación de mercaderías que realizan los barcos que van de China a Estados Unidos, y que ahí siguen su ruta hasta llegar a Argentina. Seguramente esa transacción será contabilizada por la aduana china como una exportación a Estados Unidos, cuando en verdad es una exportación hacia Argentina. La aduana argentina, en el mismo caso, contabilizará esa transacción como importación desde China.
Una mirada más detallada nos permite realizar ese ejercicio sector por sector, para darnos cuenta de que, para nuestras exportaciones, 84 por ciento de la diferencia acumulada entre 2007 y 2009 entre los datos chinos y argentinos se debe a dos productos: porotos de soja y aceite de soja. Estos nuevos resultados no pueden sorprender a la vista de los últimos acontecimientos, donde las triangulaciones financieras de la multinacionales comercializadoras de cereales aparecieron en escena, las cuales muchas veces vienen asociadas a triangulaciones comerciales.
Así, los datos de exportación de cualquier país están subvaluados y no sirven para observar una relación comercial bilateral. En consecuencia, es necesario comparar las importaciones de cada país si queremos medir correctamente ese comercio. Si recalculamos los flujos comerciales según esa metodología, nos damos cuenta que el superávit comercial de Argentina con China no tiene la tendencia negativa que arrojan los datos argentinos, sino que la tendencia es positiva entre 2006 y 2008. En ese año, nuestras exportaciones a China alcanzaron un record, mientras los dueños del campo paralizaban la comercialización de alimentos en el mercado interno. 2008 fue también el año donde los precios internacionales alcanzaron un pico, y donde las diferencias entre datos chinos y argentinos son más agudas, lo que seguramente significa triangulaciones más intensas.
Durante el año 2009, nuestra balanza comercial registra un saldo negativo con China, explicado en gran medida por la sequía que afectó parte de la pampa en 2009. Pero en los primeros meses del año 2010, y a pesar del freno a las exportaciones de aceite de soja argentina por parte de China, la balanza comercial bilateral vuelve a ser favorable a la Argentina.
Estos datos reflejan simplemente el buen momento por el que pasan los términos de intercambio comercial, pero no nos lleva a concluir que la relación comercial entre China y Argentina es favorable a nuestro país. Como quien ya se quemó con leche hervida, podemos estar seguros que esto no durará eternamente, y que en todo caso siempre estaremos a la merced de una mala cosecha. La mejor alternativa ante ese escenario posible es aprovechar la bonanza para cambiar nuestro patrón de comercio bilateral con China.
Mayor regulación
Vivimos en un país de 40 millones de habitantes que es capaz de producir alimentos para una población siete veces superior. Sin embargo, en Argentina hay no menos de 4 millones de hambrientos. Vivimos en una tierra en la que históricamente los inmigrantes venían a producir. Sin embargo, cada vez menos gente vive en el campo, cada vez más propietarios de la tierra se convierten en arrendadores-rentistas, siendo los campesinos y pequeños productores expulsados por las grandes empresas capitalistas. Habitamos un territorio donde el pueblo históricamente ha trabajado para alimentarse y, sin embargo, hoy pierde día a día el control de su producción a manos de las transnacionales de la alimentación y los agronegocios. Multinacionales que hacen hasta dudar de la definición de productor, cuando éstas le venden las semillas y los insumos, le imponen el cultivo y la tecnología con qué producir y finalmente le compran la producción y la exportan del país, junto a sus extraordinarias ganancias: ¿productores o empleados de las multis?
En este país, 8 años de proyecto neodesarrollista sólo han permitido acumular a la cúpula del sector vinculado con la producción agropecuaria no menos de 75 mil millones de dólares en rentas extraordinarias y al Estado nacional alrededor de 55 mil millones de pesos en retenciones a las exportaciones, cuyo uso y destino no se condicen con los actuales indicadores socioeconómicos del país.
Habitamos un país con 33 millones de hectáreas de tierras fértiles para realizar cultivos extensivos, industriales, pasturas y frutihorticultura. Sin embargo, en menos de dos décadas la producción de soja transgénica ha desplazado violentamente la producción de alimentos. En la actualidad la soja ocupa el 50 por ciento de la superficie sembrada del país y es responsable de la mitad del volumen de granos cosechados. Así, cada hectárea adicional que se destina a la producción de soja se traduce en miles de nuevos pobres como consecuencia del aumento en el precio de los alimentos.
El Gobierno, si bien ha reconocido en términos discursivos los múltiples problemas que acarrea el monocultivo, en el campo de las políticas concretas poco y nada ha hecho. Por lo demás, continúa promoviendo los agronegocios e ignorando (y avalando en los hechos) la expulsión de los campesinos y productores más pobres y permitiendo que los pools de siembra, las transnacionales de la alimentación y las agroexportadoras sigan regulando la producción agropecuaria.
El Estado continúa sosteniendo una retórica y una práctica que no se condice con la necesidad de avanzar en una política de reforma agraria integral que conduzca a la soberanía alimentaria y la producción agropecuaria sostenible.
Primero, habría que eliminar la intermediación de las grandes multinacionales en la comercialización internacional de la producción agropecuaria. Las retenciones a las exportaciones son necesarias pero insuficientes como mecanismo de regulación, como lo demuestra su incapacidad de frenar el proceso de sojización. La constitución de un ente público que incorpore a los pequeños productores y campesinos, a los trabajadores y consumidores, permitiría articular una política de promoción del desarrollo rural integral que garantice a la vez la sustentabilidad de las comunidades rurales y la producción suficiente, agroecológicamente sustentable y variada de alimentos accesibles para el conjunto de la población. En Argentina el hambre no es resultado de una insuficiente capacidad productiva o disponibilidad de alimentos sino consecuencia de que su acceso es restringido.
Segundo, es necesario avanzar en un programa de reforma de la propiedad de la tierra que permita a los actuales pequeños productores permanecer en sus territorios, mejorando sus niveles de ingreso modificando la distribución del ingreso a lo largo de la cadena agropecuaria, con tecnologías adecuadas para una producción sustentable en sus tierras. La tecnología actual producida y dominada por las grandes corporaciones está adaptada al saqueo de las riquezas del suelo y su apropiación capitalista en gran escala, sin considerar las necesidades de las poblaciones rurales (y urbanas) y los sujetos de la producción (productores y trabajadores).
Tercero, es necesaria una política de desarrollo de una nueva forma de urbanidad en el territorio rural. Esta política debe fortalecer la creación de las condiciones para la vida digna en el espacio rural, promoviendo la desconcentración de las áreas densamente pobladas del país.
Una política orientada en este sentido –que ataque el corazón del eje extractivista del proyecto neodesarrollista– permitirá un desarrollo urbano-rural más equilibrado que garantice simultáneamente la sustentabilidad ambiental y económica de la vida rural junto a la soberanía alimentaria para el conjunto del pueblo trabajador argentino.

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